Las mejores cosas de la vida son los dulces

Los postres son frutas o platos dulces que se sirven después de las comidas. Para algunas personas la hora del postre forma parte del momento más atractivo de la comida, ya que suelen ser los platos más coloridos de la mesa. Además, son un acompañamiento en cualquier momento del día, son dulces y en algunos casos agridulces. Los postres han sido considerados el broche de oro de las comidas. Cuando éste es de excelente calidad, resalta la satisfacción de los alimentos anteriores.
En esta cocina, el postre no es el final, es el momento más esperado. Aquí encontrarás el secreto para endulzar cada día con amor y un toque de azúcar.

Rosquillas de sidra y Manzana

 


Un bocado tradicional que sorprende por su jugosidad. La sidra natural y la manzana aportan un aroma fresco y un sabor único a estas rosquillas clásicas, ideales para disfrutar de la repostería de siempre con un matiz diferente.




Ingredientes:


- 500 gr de harina de repostería.
- 2 huevos L.
- 150 gr de azúcar.
- 100 ml de reducción de sidra natural (partiendo de 200 ml).
- 60 ml de aceite de girasol.
- 1 manzana pequeña rallada y escurrida.
- 16 gr de levadura en polvo.
- la ralladura de medio limón 
- una pizca de sal.
- Aceite de girasol para freír.
- Azúcar blanco 
- canela para el acabado.



Preparación


Vertemos la sidra natural en un cazo pequeño. La llevamos a ebullición y luego bajamos el fuego a nivel medio. Debemos dejar que hierva suavemente hasta que el líquido se reduzca a la mitad de su volumen inicial. Este paso es fundamental porque concentra los azúcares y el aroma de la manzana sin añadir demasiada humedad a la masa final. Retiramos del fuego y dejamos que alcance la temperatura ambiente.


Pelamos y rallamos la manzana con el lado más fino del rallador. Colocamos la pulpa obtenida sobre un colador de malla fina y presionamos con el dorso de una cuchara. El objetivo es extraer el jugo sobrante para que la masa no quede pegajosa, manteniendo solo la fibra y el sabor concentrado de la fruta.


En un recipiente amplio, combinamos los huevos con el azúcar. Utilizamos unas varillas para batir con energía hasta que la mezcla aclare su color y gane un poco de volumen. Esto ayudará a que la rosquilla sea más esponjosa.


Añadimos a la mezcla anterior la reducción de sidra ya fría, el aceite de girasol, la ralladura de limón y la pulpa de manzana escurrida. Mezclamos con suavidad hasta que todos los elementos estén integrados de forma homogénea.


Mezclamos la harina con la levadura y la sal. Comenzamos a añadir esta mezcla seca a los líquidos de forma gradual, integrando primero con una cuchara de madera o espátula. Cuando la masa empiece a separarse de las paredes del bol, la pasamos a una superficie de trabajo limpia.


Amasamos ligeramente con las manos. La clave aquí es no trabajar la masa en exceso para no desarrollar el gluten, lo que endurecería la rosquilla. La textura debe ser blanda y algo aceitosa, pero que te permita formar una bola sin que se quede pegada totalmente a los dedos. Si es necesario, añadimos una cucharada extra de harina, pero siempre con precaución.


Colocamos la masa de nuevo en el bol, la cubrimos con un paño de cocina limpio o film transparente y la dejamos reposar en un lugar fresco durante al menos media hora. Este tiempo permite que la levadura empiece a actuar y que la harina se hidrate correctamente.


Engrasamos las manos con un poco de aceite para trabajar mejor. Tomamos porciones de masa del tamaño de una nuez, hacemos una bola y presionamos el centro con el dedo para crear el agujero, ensanchándolo un poco ya que al freír la masa crecerá y el agujero tenderá a cerrarse.


Calentamos abundante aceite de girasol en una sartén honda. La temperatura ideal es cuando al echar un trocito de masa, esta sube a la superficie burbujeando sin dorarse al instante. Freímos las rosquillas por tandas para no enfriar el aceite. Les damos la vuelta cuando veamos los bordes dorados para que se cocinen uniformemente por ambos lados.


Preparamos un plato con una mezcla de azúcar y canela. Al sacar las rosquillas de la sartén, las apoyamos apenas unos segundos sobre papel absorbente para retirar el exceso de grasa y, de inmediato, las rebozamos en el azúcar. Es importante hacerlo mientras están muy calientes para que el azúcar se adhiera por el efecto del calor.


Lo mejor es dejarlas sobre una rejilla para que circule el aire y pierdan la temperatura de forma uniforme.


Servimos completamente frías.


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